miércoles, 23 de marzo de 2016
INGLES:1 años A, B, C, D Y E
1 años ingles
Make 5 sentences changing affirmative into interrogative using to be verb, There is, There are.
lunes, 16 de noviembre de 2015
ESTUDIANTES DE 1 AÑOS A, B, C, D, Y E
ESTUDIANTES DE 1° AÑOS A, B, C, D Y E
La Abeja Haragana
Escritor venezolano: Horacio Quiroga
Había una vez en una colmena una
abeja que no quería trabajar, es decir, recorría los árboles uno por uno para
tomar el jugo de las flores; pero en vez de conservarlo para convertirlo en
miel, se lo tomaba del todo.
Era, pues, una abeja haragana.
Todas las mañanas apenas el sol calentaba el aire, la abejita se asomaba a la
puerta de la colmena, veía que hacía buen tiempo, se peinaba con las patas,
como hacen las moscas, y echaba entonces a volar, muy contenta del lindo día.
Zumbaba muerta de gusto de flor
en flor, entraba en la colmena, volvía a salir, y así se lo pasaba todo el día
mientras las otras abejas se mataban trabajando para llenar la colmena de miel,
porque la miel es el alimento de las abejas recién nacidas.
Como las abejas son muy serias,
comenzaron a disgustarse con el proceder de la hermana haragana. En la puerta
de las colmenas hay siempre unas cuantas abejas que están de guardia para
cuidar que no entren bichos en la colmena. Estas abejas suelen ser muy viejas,
con gran experiencia de la vida y tienen el lomo pelado porque han perdido
todos los pelos al rozar contra la puerta de la colmena.
Un día, pues, detuvieron a la
abeja haragana cuando iba a entrar, diciéndole:
—Compañera: es necesario que
trabajes, porque todas las abejas debemos trabajar.
La abejita contestó:
—Yo ando todo el día volando, y
me canso mucho.
—No es cuestión de que te canses
mucho —respondieron—, sino de que trabajes un poco. Es la primera advertencia
que te hacemos.
Y diciendo así la dejaron pasar.
Pero la abeja haragana no se
corregía. De modo que a la tarde siguiente las abejas que estaban de guardia le
dijeron:
—Hay que trabajar, hermana.
Y ella respondió en
seguida:
—¡Uno de estos días lo voy a
hacer!
—No es cuestión de que lo hagas
uno de estos días —le respondieron—, sino mañana mismo. Acuérdate de esto. Y la
dejaron pasar.
Al anochecer siguiente se repitió
la misma cosa. Antes de que le dijeran nada, la abejita exclamó:
—¡Si, sí, hermanas! ¡Ya me
acuerdo de lo que he prometido!
—No es cuestión de que te
acuerdes de lo prometido —le respondieron—, sino de que trabajes. Hoy es
diecinueve de abril. Pues bien: trata de que mañana veinte, hayas traído una
gota siquiera de miel. Y ahora, pasa.
Y diciendo esto, se apartaron
para dejarla entrar.
Pero el veinte de abril pasó en
vano como todos los demás. Con la diferencia de que al caer el sol el tiempo se
descompuso y comenzó a soplar un viento frío.
La abejita haragana voló
apresurada hacia su colmena, pensando en lo calentito que estaría allá adentro.
Pero cuando quiso entrar, las abejas que estaban de guardia se lo impidieron.
—¡No se entra! —le dijeron fríamente.
—¡Yo quiero entrar! —clamó la
abejita—. Esta es mi colmena.
—Esta es la colmena de unas
pobres abejas trabajadoras le contestaron las otras—. No hay entrada para las
haraganas.
—¡Mañana sin falta voy a
trabajar! —insistió la abejita.
—No hay mañana para las que no
trabajan— respondieron las abejas, que saben mucha filosofía.
Y diciendo esto la empujaron
afuera.
La abejita, sin saber qué hacer,
voló un rato aún; pero ya la noche caía y se veía apenas. Quiso cogerse de una
hoja, y cayó al suelo. Tenía el cuerpo entumecido por el aire frío, y no podía
volar más.
Arrastrándose entonces por el
suelo, trepando y bajando de los palitos y piedritas, que le parecían montañas,
llegó a la puerta de la colmena, a tiempo que comenzaban a caer frías gotas de
lluvia.
—¡Ay, mi Dios! —clamó la
desamparada—. Va a llover, y me voy a morir de frío. Y tentó entrar en la
colmena.
Pero de nuevo le cerraron el
paso.
—¡Perdón! —gimió la abeja—.
¡Déjenme entrar!
—Ya es tarde —le respondieron.
—¡Por favor, hermanas! ¡Tengo sueño!
—Es más tarde aún.
—¡Compañeras, por piedad! ¡Tengo
frío!
—Imposible.
—¡Por última vez! ¡Me voy a
morir! Entonces le dijeron:
—No, no morirás. Aprenderás en
una sola noche lo que es el descanso ganado con el trabajo. Vete.
Y la echaron.
Entonces, temblando de frío, con
las alas mojadas y tropezando, la abeja se arrastró, se arrastró hasta que de
pronto rodó por un agujero; cayó rodando, mejor dicho, al fondo de una caverna.
Creyó que no iba a concluir nunca
de bajar. Al fin llegó al fondo, y se halló bruscamente ante una víbora, una
culebra verde de lomo color ladrillo, que la miraba enroscada y presta a
lanzarse sobre ella.
En verdad, aquella caverna era el
hueco de un árbol que habían trasplantado hacia tiempo, y que la culebra había
elegido de guarida.
Las culebras comen abejas, que
les gustan mucho. Por eso la abejita, al encontrarse ante su enemiga, murmuró
cerrando los ojos:
—¡Adiós mi vida! Esta es la
última hora que yo veo la luz.
Pero con gran sorpresa suya, la
culebra no solamente no la devoró sino que le dijo: —¿qué tal, abejita? No has
de ser muy trabajadora para estar aquí a estas horas.
—Es cierto —murmuró la abeja—. No
trabajo, y yo tengo la culpa.
—Siendo así —agregó la culebra,
burlona—, voy a quitar del mundo a un mal bicho como tú. Te voy a comer, abeja.
La abeja, temblando, exclamo
entonces: —¡No es justo eso, no es justo! No es justo que usted me coma porque
es más fuerte que yo. Los hombres saben lo que es justicia.
—¡Ah, ah! —exclamó la culebra,
enroscándose ligero —. ¿Tú crees que los hombres que les quitan la miel a
ustedes son más justos, grandísima tonta?
—No, no es por eso que nos quitan
la miel —respondió la abeja.
—¿Y por qué, entonces?
—Porque son más inteligentes.
Así dijo la abejita. Pero la
culebra se echó a reír, exclamando:
—¡Bueno! Con justicia o sin ella,
te voy a comer, apróntate.
Y se echó atrás, para lanzarse
sobre la abeja. Pero ésta exclamó:
—Usted hace eso porque es menos
inteligente que yo.
—¿Yo menos inteligente que tú,
mocosa? —se rió la culebra.
—Así es —afirmó la abeja.
—Pues bien —dijo la culebra—,
vamos a verlo. Vamos a hacer dos pruebas. La que haga la prueba más rara, ésa
gana. Si gano yo, te como.
—¿Y si gano yo? —preguntó la
abejita.
—Si ganas tú —repuso su enemiga—,
tienes el derecho de pasar la noche aquí, hasta que sea de día. ¿Te conviene?
—Aceptado —contestó la abeja.
La culebra se echó a reír de
nuevo, porque se le había ocurrido una cosa que jamás podría hacer una abeja. Y
he aquí lo que hizo:
Salió un instante afuera, tan
velozmente que la abeja no tuvo tiempo de nada. Y volvió trayendo una cápsula
de semillas de eucalipto, de un eucalipto que estaba al lado de la colmena y
que le daba sombra.
Los muchachos hacen bailar como
trompos esas cápsulas, y les llaman trompitos de eucalipto.
—Esto es lo que voy a hacer —dijo
la culebra—. ¡Fíjate bien, atención!
Y arrollando vivamente la cola
alrededor del trompito como un piolín la desenvolvió a toda velocidad, con
tanta rapidez que el trompito quedó bailando y zumbando como un loco.
La culebra se reía, y con mucha
razón, porque jamás una abeja ha hecho ni podrá hacer bailar a un trompito.
Pero cuando el trompito, que se había quedado dormido zumbando, como les pasa a
los trompos de naranjo, cayó por fin al suelo, la abeja dijo:
—Esa prueba es muy linda, y yo
nunca podré hacer eso.
—Entonces, te como —exclamó la
culebra.
—¡Un momento! Yo no puedo hacer
eso: pero hago una cosa que nadie hace.
—¿Qué es eso?
—Desaparecer.
—¿Cómo? —exclamó la culebra,
dando un salto de sorpresa—. ¿Desaparecer sin salir de aquí?
—Sin salir de aquí.
—¿Y sin esconderte en la tierra?
—Sin esconderme en la tierra.
—Pues bien, ¡hazlo! Y si no lo
haces, te como en seguida — dijo la culebra.
El caso es que mientras el
trompito bailaba, la abeja había tenido tiempo de examinar la caverna y había
visto una plantita que crecía allí. Era un arbustillo, casi un yuyito, con
grandes hojas del tamaño de una moneda de dos centavos.
La abeja se arrimó a la plantita,
teniendo cuidado de no tocarla, y dijo así:
—Ahora me toca a mi, señora culebra.
Me va a hacer el favor de darse vuelta, y contar hasta tres. Cuando diga
“tres”, búsqueme por todas partes, ¡ya no estaré más!
Y así pasó, en efecto. La culebra
dijo rápidamente:”uno…, dos…, tres”, y se volvió y abrió la boca cuan grande
era, de sorpresa: allí no había nadie. Miró arriba, abajo, a todos lados,
recorrió los rincones, la plantita, tanteó todo con la lengua. Inútil: la abeja
había desaparecido.
La culebra comprendió entonces
que si su prueba del trompito era muy buena, la prueba de la abeja era
simplemente extraordinaria. ¿Qué se había hecho?, ¿dónde estaba?
No había modo de hallarla.
—¡Bueno! —exclamó por fin—. Me
doy por vencida. ¿Dónde estás?
Una voz que apenas se oía —la voz
de la abejita— salió del medio de la cueva.
—¿No me vas a hacer nada? —dijo
la voz—. ¿Puedo contar con tu juramento?
—Sí —respondió la culebra—. Te lo
juro. ¿Dónde estás?
—Aquí —respondió la abejita,
apareciendo súbitamente de entre una hoja cerrada de la plantita.
¿Qué había pasado? Una cosa muy
sencilla: la plantita en cuestión era una sensitiva, muy común también aquí en
Buenos Aires, y que tiene la particularidad de que sus hojas se cierran al
menor contacto. Solamente que esta aventura pasaba en Misiones, donde la
vegetación es muy rica, y por lo tanto muy grandes las hojas de las sensitivas.
De aquí que al contacto de la abeja, las hojas se cerraran, ocultando
completamente al insecto.
La inteligencia de la culebra no
había alcanzado nunca a darse cuenta de este fenómeno; pero la abeja lo había
observado, y se aprovechaba de él para salvar su vida.
La culebra no dijo nada, pero
quedó muy irritada con su derrota, tanto que la abeja pasó toda la noche
recordando a su enemiga la promesa que había hecho de respetarla.
Fue una noche larga,
interminable, que las dos pasaron arrimadas contra la pared más alta de la
caverna, porque la tormenta se había desencadenado, y el agua entraba como un
río adentro.
Hacía mucho frío, además, y
adentro reinaba la oscuridad más completa. De cuando en cuando la culebra
sentía impulsos de lanzarse sobre la abeja, y ésta creía entonces llegado el
término de su vida.
Nunca, jamás, creyó la abejita
que una noche podría ser tan fría, tan larga, tan horrible. Recordaba su vida
anterior, durmiendo noche tras noche en la colmena, bien calentita, y lloraba
entonces en silencio.
Cuando llegó el día, y salió el
sol, porque el tiempo se había compuesto, la abejita voló y lloró otra vez en
silencio ante la puerta de la colmena hecha por el esfuerzo de la familia. Las
abejas de guardia la dejaron pasar sin decirle nada, porque comprendieron que
la que volvía no era la paseandera haragana, sino una abeja que había hecho en
sólo una noche un duro aprendizaje de la vida.
Así fue, en efecto. En adelante,
ninguna como ella recogió tanto polen ni fabricó tanta miel. Y cuando el otoño
llegó, y llegó también el término de sus días, tuvo aún tiempo de dar una
última lección antes de morir a las jóvenes abejas que la rodeaban:
—No es nuestra inteligencia, sino
nuestro trabajo quien nos hace tan fuertes. Yo usé una sola vez de mi
inteligencia, y fue para salvar mi vida. No habría necesitado de ese esfuerzo,
sí hubiera trabajado como todas. Me he cansado tanto volando de aquí para allá,
como trabajando. Lo que me faltaba era la noción del deber, que adquirí aquella
noche. Trabajen, compañeras, pensando que el fin a que tienden nuestros
esfuerzos —la felicidad de todos— es muy superior a la fatiga de cada uno. A
esto los hombres llaman ideal, y tienen razón. No hay otra filosofía en la vida
de un hombre y de una abeja.
Actividad;
1.- Cuáles son los personajes de
la fábula?
2.- De qué trata la historia?
3.- explica los valores que están
presentes en la historia
4-. Relata otro final que le
darías tú a la historia.
lunes, 9 de noviembre de 2015
ESTUDIANTES DE 3° AÑOS
3° AÑOS: A, B, C, D
PANCHITO MANDEFUA
Era un
niño alegre, feliz, una flor que creció sobre el asfalto. Corría alegre calle
abajo, calle arriba con su fuerza y su energía de nueve años. Vestía con una
chaqueta de bolsillos profundos que se encontró por ahí, y cargaba un bolsito
pequeño donde metía sus más preciados objetos: trompos, cordeles, chapitas, un
carrito de plástico; tonterías que cuando las ponía a jugar con su imaginación
lo alejaban de las noches frías y de los días de lluvia, y de hambre y de la
soledad de las calles de la gran capital, de la Caracas que nunca se acaba.
De cómo Panchito Mandefuá fue a cenar
con el Niño Jesús
Era un niño alegre, feliz, una flor
que creció sobre el asfalto. Corría alegre calle abajo, calle arriba con su
fuerza y su energía de nueve años. Vestía con una chaqueta de bolsillos
profundos que se encontró por ahí, y cargaba un bolsito pequeño donde metía sus
más preciados objetos: trompos, cordeles, chapitas, un carrito de plástico;
tonterías que cuando las ponía a jugar con su imaginación lo alejaban de las
noches frías y de los días de lluvia, y de hambre y de la soledad de las calles
de la gran capital, de la Caracas que nunca se acaba.
Hasta cerca de medianoche estuvo
dando vueltas por la ciudad, vendiendo sus boletos en las grandes avenidas,
frente a las puertas de los hoteles más lujosos y de los cines de moda y en el
bulevar de Sabana Grande, gritando todo el tiempo, chillón, desvergonzado,
alegre:
- Aquí lo cargooo… ¡El boleto que
nunca falla ni fallando, el boleto ganador, el archipetaquiremandefuá…!
El día fue bueno, pues logró vender
todos los boletos, y ahora Panchito se comía feliz una arepa con lo que le
tocaba de las ventas. Allí estaba, dándose el gusto, apartado de aquellos que
no precisamente andaban pendientes de comer, sino más bien de meterse en los
bares y ponerse incluso groseros y peleones. Pero él estaba tranquilo, mientras
comía su arepa de carne mechada y le echaba una mirada al periódico del día.
Porque sí, Panchito había ido alguna vez a la escuela y había aprendido a leer.
Después, cuando su mamá lo sacó a la calle a pedir, él tuvo que dejar de
estudiar. Eso sí, como pedir limosna no le gustaba, se dio a la tarea de buscar
trabajo.
Panchito quiso vender periódicos,
pero no le resultó. Los encargados le quitaron la venta porque le ponía la
famosa frase <<mandefuá>> a las más graves noticias de la guerra, a
los accidentes de tránsito y a las denuncias de corrupción política:
- Mira, hijito - le dijeron - mejor
es que no saques el periódico. Tú eres muy <<mandefuá>>, y eso es
demasiado para nosotros.
Porque así es. Panchito tenía
apellido, y éste era Mandefuá, apellido original y hermoso que le gustaba más
que el verdadero (que nunca usaba) porque era obra de él mismo. Llevaba aquel
Mandefuá con tanto orgullo como cualquier príncipe su nombre, apellidos y títulos
de nobleza, y así andaba diciéndole a todos que él era, nada más y nada menos
que Panchito Mandefuá. Pero Panchito era menos ambicioso que un príncipe, y se
conformaba con su arepa y su trabajo de vendedor de boletos de lotería.
- Éste sí es el ganador, un boleto
bien mandefuá - decía.
Ah, pero también tenía sus gustos.
Entre sus placeres más refinados estaba ir a la una de la tarde, siempre por la
sombra de los edificios, a situarse perfectamente bajo la oreja de un señor
gordo, lento y pacífico. Era uno de esos empleados de ministerio que se sentaba
en un banquito de la plaza después del almuerzo, a ver pasar el mundo con toda
su paciencia.
- ¡Éste es el boleto ganador, un
boleto bien mandefuá! - gritaba con todas sus ganas.
- ¡Muchacho, que siempre me gritas al
oído!
Y Panchito, echando a correr, le
volvía a gritar:
- ¡Éste es el boleto premiado, me lo
debería comprar, maestro!
También le gustaba ir al cine, pero
hacía tiempo que no lo dejaban entrar aunque tuviera la plata, porque ahí mismo
le adivinaban que era un niño de la calle y le ponían mala cara. ¡Qué mala
suerte la de Panchito Mandefuá! que, sin embargo, feliz de la vida, les gritaba
al alejarse:
- ¡Pues tampoco quería verla!
¡Porque para que a mí me guste una película debe ser muy crema, muy archipetaquiremandefuá!
¡Porque para que a mí me guste una película debe ser muy crema, muy archipetaquiremandefuá!
Panchito iba una tarde calle arriba
pregonando un número premiado como si lo estuviese viendo por adelantado, y de
pronto se detuvo ante una rueda niños. Venía distraído contemplando una
vidriera donde se exhibían aeroplanos, barcos, una caja de soldados, un
automóvil y una bicicleta… Y de paso estuvo un rato contemplando la vidriera de
un café llamado La India, a través de la cual se exhibían pirámides de
bombones, pastelitos y unos dulces brillantes como estrellas.
Pero volvamos al momento. En medio de
aquella rueda de muchachos alborotados, vio a una muchachita sucia que lloraba
mientras contemplaba regada en la acera una bandeja de dulces. Como moscas,
cinco o seis granujas se habían lanzado sobre los ponqués y los fragmentos de
quesillo llenos de polvo. La niña lloraba desesperada, pues temía un castigo.
Panchito estaba de buen humor: había
vendido muchos boletos. Con ese dinero había podido comer, y hasta comprar
dulces. Y con el dinero que le quedaba había planeado ir al circo, puesto que
allí sí lo dejaban entrar, y hasta comería hallacas y pan de jamón. Con ese
dinero iba a pasar una Nochebuena excelente.
Así que con su buen humor a cuestas,
Panchito se acercó a la pobre muchacha, que lloraba, mientras los granujas
seguían comiendo sus dulces y chupándose los dedos…
Llegó un agente de la policía y todos
corrieron, menos ellos dos.
-¿Qué fue, qué pasó? ¿Cuál es el
desorden?
La niña respondió toda desconsolada:
- Que yo llevada esta bandeja para la
casa donde sirvo, que hay cena allá esta noche, y me tropecé y se me cayó y me
pueden echar…
Algunos transeúntes detenidos se
encogieron de hombros y continuaron.
- Bueno, bueno, sigan su camino, pues
- les ordenó el policía.
Panchito se fue detrás de la llorosa.
- Oye, ¿Cómo te llamas tú?
La niña se detuvo a su vez, secándose
el llanto.
-¿Yo?, Margarita.
-¿Y ese dulce era de tu mamá?
-Yo no tengo mamá.
-¿Y papá?
- Tampoco.
-¿Con quién vives tú?
-Vivía con una tía que me consiguió
el trabajo en la casa en que estoy.
-¿Y trabajas? ¿Te pagan?
-¿Me pagan qué?
Panchito sonrió con ironía, con
superioridad.
- Gua, tu trabajo. Al que trabaja se
le paga, ¿no lo sabías?
Margarita entonces protestó
vivamente:
- Me dan la comida, la ropa y una de
las niñas me enseña, pero es muy brava.
-¿Qué te enseña?
- A leer… Yo sé leer,¿tú no sabes?
Y Panchito dijo orgulloso, aunque en
el fondo aquello de leer no le parecía gran cosa:
- Uf, claro, sé leer de todo. Leo
periódicos, revistas, los carteles que están pegados en las paredes y hasta
libros. También sé vender billetes de lotería y gano para ir al circo y comer
las arepas que me gustan.
- Está bien, pero yo no tengo dinero,
y se me cayeron todos los dulces de la bandeja - dijo con tristeza la niña,
bajando la cabecita enmarañada.
-¿Y cuánto botaste?
- ¡Uy, mucho dinero! - y le alargó un
papelito sucio donde se veía lo que habían costado los dulces.
En el rostro de Panchito se dibujó una gran sonrisa, le quitó la bandeja a Margarita y dijo:
En el rostro de Panchito se dibujó una gran sonrisa, le quitó la bandeja a Margarita y dijo:
- ¡Espérate, no te muevas, ya vengo!
- Y echó a correr.
Un cuarto de hora más tarde volvió:
- Mira: esto fue lo que se te
cayó,¿no es así?
Los ojitos de la niña brillaron y una
sonrisa le iluminó la carita sucia. Estaba feliz.
- ¡Sí… eso!
- ¡Sí… eso!
Fue a tomar la bandeja, pero él la
detuvo:
- ¡No! Yo tengo más fuerza, yo te la
llevo.
- Es que es lejos - dijo tímida.
- ¡No importa!
Panchito le contó que él tampoco
tenía familia, que le encantaba ver películas de detectives y que podrían
comerse un dulce juntos.
- Yo tengo dinero, ¿sabes? - Y
sacudió el bolsillo de su chaqueta, donde sonaron las monedas.
Y los dos pequeños se echaron a
andar.
Apenas si se dieron cuenta de que
llegaban, de tan entretenidos que iban comiendo dulce.
- Aquí es. Dame - dijo la niña.
Panchito le entregó la bandeja. Se
quedaron viéndose a los ojos:
-¿Cómo te pago yo? - preguntó
Margarita con tristeza tímida.
Panchito se puso colorado y balbuceó:
- Si me das un beso.
- ¡No, no! ¡Es malo!
- ¿Por qué?...
- Gua, porque sí…
Pero no era Panchito Mandefuá a quien
se convencía con razones como ésta; y la sujetó por los hombros y le pegó un
par de besos llenos de travesura y del dulce que compartían.
- ¡Mira que grito si me vuelves a
besar! - dijo ella, roja como una rosa. De la emoción, por poco tira otra vez
la dichosa bandeja llena de dulces.
- Ya está, pues, ya está. No te voy
volver a besar - dijo Panchito.
De repente se abrió la puerta de la
casa donde vivía Margarita. Un rostro de solterona fea y vieja apareció.
- Muy bonito. El par de vagabundos
éstos! - dijo enojada la doña. El chico echó a correr. A su espalda, la señora
regañaba a la niña mientras la metía a la casa.
- Pero Dios mío, ¡qué criaturas éstas
que no tienen edad y ya están pensando en darse besos!
Ahora le quedaba el dinero justo para
el circo y para la cena. No le sobrarían más monedas para el día siguiente.
Nada más le alcanzaría para la Nochebuena, y es que después de pagar los dulces
de la niña… ¡Quién lo mandaba a estar ayudando a nadie!
Sin embargo, a pesar de la tristeza,
de que no podría guardar para después, Panchito sentía una loca alegría
interior. No olvidaba, en medio de su desastre financiero, los ojos mansos y
tristes de Margarita. ¡Qué diablos! El día de gastar se gasta lo que hay que
gastar, así de lo más archipetaquimandefuá.
A las nueve salió del circo. Iba
pensando en el menú: hallacas, un juguito, un café con leche, tostadas de
chicharrón, un pan de jamón. ¡Su famosa cena!
Cuando cruzaba en una esquina, se
escuchó un cornetazo brusco, un golpe de viento fuerte, y Panchito Mandefuá ya
no estaba en la esquina dando un salto vivaz o siquiera en pie. No, Panchito ya
no caminaba, ya no estaba ni siquiera en este mundo…
- ¿Qué pasó? ¿Qué pasó allí? -
preguntaron unos transeúntes.
- Que un auto atropelló a un muchacho
de la calle…
- ¿Quién?, ¿Cómo se llama?
- ¡No sé su nombre! - informó alguien
-. Pero yo lo he visto, eso sí. Era un muchacho de esos que venden lotería.
En otra parte, lejos de allí,
Panchito Mandefuá andaba con su chaqueta, ahora toda brillante, magnífica, como
recién salida de la lavandería.
Se le veía feliz, sonriente.
¡Pero claro! Se había ido a cenar al
cielo, invitado por el Niño Jesús.
FIN
- Realice una paráfrasis del texto.
- ¿Cuál es el mensaje del autor?
- Invente un nuevo final para la
historia.
Prof. Lenny
rivero
¿
3.
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